Gaza City.- La falta de electricidad y refrigeración se ha convertido en una amenaza diaria para miles de familias desplazadas en Gaza, donde el calor del verano acelera la descomposición de alimentos, dificulta conservar medicinas y agrava las condiciones de vida dentro de tiendas de campaña y refugios improvisados.
Alimentos que no pueden guardarse
De acuerdo con testimonios recogidos por Al Jazeera este 24 de julio, familias que reciben comida de cocinas comunitarias deben decidir casi de inmediato qué consumir y qué arriesgarse a guardar. En un entorno marcado por el desplazamiento, la escasez y las altas temperaturas, un plato de arroz, una porción de carne o agua fresca pueden perderse en pocas horas si no existe refrigeración.
El problema no es solamente doméstico. La ausencia de frío también afecta medicamentos, leche, productos frescos y cualquier alimento que requiera conservación mínima. Para madres, padres y personas cuidadoras, la jornada se vuelve una carrera contra el calor: conseguir comida, repartirla, evitar desperdicios y proteger a niñas, niños y adultos mayores de enfermedades asociadas a alimentos contaminados.
Electricidad limitada y servicios bajo presión
La crisis energética en Gaza mantiene fuera de uso refrigeradores, congeladores y equipos básicos. Organismos humanitarios han advertido que los cortes prolongados, la escasez de combustible y el hacinamiento elevan el riesgo de enfermedades transmitidas por alimentos, sobre todo en campamentos donde también hay presencia de insectos, falta de saneamiento y acceso limitado a agua segura.
Algunas familias han convertido refrigeradores apagados en estantes o alacenas. Otras pagan por enfriar agua, cargar teléfonos o conservar alimentos durante unas horas con pequeños servicios que funcionan mediante generadores. Pero esos costos son inaccesibles para muchas personas desplazadas, que ya enfrentan inflación, pérdida de empleo y dependencia de la ayuda humanitaria.
Una crisis que se siente en la vida cotidiana
El deterioro de la cadena de frío muestra cómo la emergencia humanitaria rebasa los daños visibles de la guerra. Sin energía estable, cocinar menos, comprar al día o tirar sobrantes se vuelve una estrategia de supervivencia. La situación también complica la atención médica: vacunas, insulina y otros insumos sensibles requieren temperaturas controladas que no siempre pueden garantizarse.
Para la población civil, el verano agrega una capa de presión a una crisis prolongada. La falta de refrigeración no solo representa incomodidad, sino una amenaza directa a la salud, la nutrición y la dignidad de familias que intentan sostener rutinas mínimas en medio del desplazamiento.
Fuentes: Al Jazeera, Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios.









