7 de junio de 2026

Guerra en Oriente Medio agrava el hambre global, advierte la ONU

La guerra en Oriente Medio está agravando el hambre en el mundo, advirtió la Organización de las Naciones Unidas. El organismo teme una crisis alimentaria comparable con la registrada en 2022 tras la invasión rusa de Ucrania, y estima que 41 millones de personas podrían sumarse a la inseguridad alimentaria global si se mantienen las afectaciones en comercio, energía, transporte y ayuda humanitaria.

El impacto de un conflicto regional puede volverse mundial porque los mercados alimentarios dependen de rutas logísticas, combustibles, fertilizantes y estabilidad financiera. Cuando aumenta el costo de transportar alimentos o se encarece la energía, los precios suben en países que no participan directamente en la guerra. Las familias pobres son las primeras afectadas porque destinan una mayor parte de sus ingresos a comida.

Riesgo humanitario ampliado

La ONU ha señalado que las guerras destruyen cultivos, interrumpen cadenas de suministro y complican la entrega de asistencia. En zonas donde ya existía pobreza, sequía o desplazamiento forzado, un nuevo choque puede empujar a millones hacia hambre severa. El problema no se limita a falta de comida: también incluye nutrición deficiente, pérdida de ingresos y reducción de servicios básicos.

El antecedente de 2022 muestra la magnitud del riesgo. Entonces, el aumento de precios internacionales golpeó a países importadores de granos y fertilizantes. Ahora, el temor es que el conflicto en Oriente Medio reproduzca un efecto dominó, especialmente si se encarecen hidrocarburos o se cierran rutas estratégicas.

Una alerta para América Latina

México y América Latina no están aislados de estos movimientos. Aunque la región produce alimentos, también depende de insumos importados, combustibles y precios internacionales. Un aumento en fertilizantes o transporte puede trasladarse a tortillas, pan, carne, verduras y productos básicos.

La advertencia de Naciones Unidas exige respuesta coordinada: proteger corredores humanitarios, estabilizar mercados, financiar programas alimentarios y evitar que la guerra se convierta en hambre para poblaciones que ya viven al límite. El costo de no actuar no será solo diplomático; se medirá en hogares que reduzcan comidas y niñas y niños con daños nutricionales difíciles de revertir.

La seguridad alimentaria depende también de decisiones nacionales. Gobiernos con reservas estratégicas, compras públicas eficientes y apoyo oportuno al campo pueden amortiguar parte del impacto externo. En cambio, países con redes de protección débiles enfrentan aumentos de pobreza, migración y conflictividad social cuando el precio de la comida sube de forma sostenida.

La alerta de la ONU debe leerse como prevención, no como diagnóstico inevitable. Si la diplomacia logra reducir tensiones y se financian programas de emergencia, el golpe puede contenerse. Pero si la guerra se prolonga y los mercados reaccionan con especulación, el hambre volverá a ser una consecuencia directa de decisiones políticas tomadas lejos de las mesas de millones de familias.

Fuente: El Sol de México; ONU